Alemania ha tenido una historia difícil, y los relatos de la iglesia en Alemania están llenos de momentos de oración, inspiración, profecía y servicio.  A continuación se presenta unas historias narradas por el profeta mormón, Thomas S. Monson, sobre el crecimiento y la obra de la iglesia en Alemania.

 

El mormonismo alemán después de la guerra

Templos MormonaUtilizando las palabras de una canción popular me gustaría que ustedes pudieran “volar conmigo” a Alemania Oriental, país que he visitado en numerosas ocasiones.  No hace mucho, al viajar por la autovía, iba recordando una ocasión de hace treinta y cinco años cuando, en esa misma carretera, vi camiones llenos de soldados y policías con armas.  Por todos lados había perros atados que ladraban furiosamente y las calles estaban llenas de informadores.  En esa época, la llama de la libertad había menguado y estaba vacilante; se había edificado un muro ignominioso y la cortina de hierro —el telón de acero— se había bajado; casi se había perdido toda esperanza.  Pero la vida, la preciada vida, continuaba con fe, no dudando en nada.  Se requirió una espera paciente; una firme confianza en Dios caracterizaba la vida de todo Santo de los últimos Días por aquel entonces.

Cuando fui por primera vez a visitar a los que estaban al otro lado del muro, los santos vivían en una época de temor y luchaban por poder cumplir con sus responsabilidades.  Noté la expresión de desesperanza que cubría los rostros de muchos de los transeúntes, pero en los de nuestros miembros se reflejaban bellas expresiones de amor. Nos reunimos en un edificio de Görlitz que tenía muchos agujeros causados por los proyectiles durante la guerra, pero cuyo interior reflejaba el amoroso cuidado de nuestros líderes, quienes habían reparado y limpiado lo que de otro modo hubiera sido un edificio en ruinas y sucio.  La Iglesia había sobrevivido tanto a la Guerra Mundial como a la guerra fría que sobrevino después.  El canto de los santos les reanimaba el alma.

Me conmovió profundamente su sinceridad; me sentí agobiado ante su pobreza. ¡Tenían tan poco!  Me quedé apesadumbrado al saber que no tenían un patriarca; tampoco tenían barrios ni estacas, sólo ramas; no podían recibir las bendiciones del templo, como la investidura y los sellamientos; no habían tenido un visitante oficial de la Iglesia en mucho tiempo; se les prohibía salir del país.  Aún así, confiaban en el Señor con todo su corazón y no se apoyaban en su propia prudencia; reconocían al Señor en todo y Él los dirigía.  Me acerqué al púlpito y con lágrimas en los ojos y la voz temblorosa por la emoción, hice a ese pueblo una promesa: “Si permanecen firmes y fieles a los mandamientos de Dios, recibirán todas las bendiciones que los miembros de la Iglesia gozan en otros países del mundo”.

Esa noche, al darme cuenta de lo que les había prometido, me arrodillé y oré, diciendo: “Padre Celestial, estoy a Tu servicio; ésta es Tu Iglesia.  He pronunciado palabras que no procedían de mí, sino de Ti y de Tu Hijo.  Por lo tanto, te suplico que cumplas la promesa que he hecho a estas nobles personas”. En ese momento, me vinieron a la memoria las palabras de Salmos: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios”.  Pero se les requirió la celestial virtud de la paciencia.

Templo en Alemania

Poco a poco se cumplió la promesa.  Primeramente, se ordenaron patriarcas, luego se les enviaron manuales de lecciones; se organizaron barrios y estacas; se construyeron capillas y centros de estaca, que después se dedicaron.  Luego, ocurrió el más grande de los milagros: nos dieron permiso para construir un templo al  Señor, que fue diseñado, construido y dedicado.  Finalmente, después de cincuenta años de negarles el permiso, permitieron que los misioneros regulares entraran en esa nación y que los jóvenes de allí pudieran ir a cumplir misiones en otras partes del mundo.  Así, al igual que el muro de Jericó, el Muro de Berlín también cayó y se restituyó la libertad, con sus correspondientes responsabilidades.

Cada parte de esa maravillosa promesa hecha treinta y cinco años atrás se cumplió, excepto una: la pequeña ciudad de Görlitz, donde se les había hecho la promesa, aún no tenía su propia capilla.  Pero hoy en día incluso ese sueño se ha convertido en realidad.  El edificio fue aprobado y construido y llegó el día de la dedicación.  Mi esposa y yo, junto con el élder Dieter Uchtdorf y su esposa, tuvimos una reunión para dedicar esa capilla; en ella se cantaron las mismas canciones de hace treinta y cinco años.  Los miembros se daban cuenta del significado de esa reunión que marcaba el pleno cumplimiento de la promesa.  Todos lloraban al cantar.  La canción de los justos había sido realmente una oración para el Señor y Él la había contestado con una bendición sobre la cabeza de ellos.

Al terminar la reunión, no queríamos retirarnos.  Cuando lo hicimos, notamos las manos elevadas en señal de despedida y escuchamos las palabras: “Auf Wiedersehen, auf Wiedersehen; para siempre Dios esté con vos”.

Thomas S. Monson, “La paciencia, una virtud celestial”, Liahona, setiembre de 2002, págs. 2-7