Las creencias mormonas incluyen la reverencia a Dios, a Jesucristo y al evangelio, así como a la vida y a todo lo que Dios nos ha dado.  Se les enseña a los niños que la reverencia no es sólo estar sentado con las manos en el regazo en la iglesia.  Ellos aprenden que la reverencia es el amor por Jesucristo.  La reverencia no es sólo para la iglesia.  Es una parte de la vida cotidiana a medida que vamos mostramos respeto y gratitud por el Salvador y Su Evangelio.  Las siguientes son citas de Thomas S. Monson, el profeta Mormón, sobre el vivir una vida de reverencia y amor.

Ayudando a los niños a ser reverentes

mormon priesthoodNota: La Primaria es una organización auxiliar dirigida a niños entre 18 meses y doce años de edad.

Un día de invierno recordé una experiencia de cuando yo era un niño de once años. Nuestra presidenta de la Primaria era una cariñosa señora de pelo gris.  Un día me pidió que me quedara a conversar con ella.  Los dos  nos sentamos en aquella capilla solitaria.  Ella me pasó el brazo por los hombros y comenzó a llorar. Sorprendido, le pregunté por qué lloraba, y ella me contestó: “No puedo conseguir que los niños de tu clase se mantengan reverentes durante los ejercicios de apertura, ¿quisieras tú ayudarme, Tommy?”  Le prometí que le ayudaría.  A mí me extrañó mucho, pero desde ese día se acabaron los problemas de reverencia en esa Primaria.

Ella se había dirigido al origen del problema; yo era la causa.  Y la solución había sido el amor.

Los años habían pasado; ella ahora tenía más de noventa años y vivía en un asilo de ancianos en el noroeste de la ciudad de Salt Lake.  Antes de Navidad decidí visitar a mi querida presidenta de la Primaria.  En la radio estaban tocando: “Escuchad el son triunfal de la hueste celestial” (Himnos de Sión, “Escuchad el Son Triunfal”, Núm. 44).  Recordé la visita de los reyes magos tantos años atrás.  Ellos llevaban de regalo oro, incienso y mirra.  Yo sólo llevaba mi amor y el deseo de decir “Gracias”.

Al llegar al asilo, la encontré en el comedor.  Miraba con ojos fijos la comida y la revolvía con el tenedor que sostenía su arrugada vieja mano.  No comía bocado. Cuando le hablé, me miró con ojos buenos pero indiferentes.  Yo tomé el tenedor y empecé a darle de comer en la boca mientras le hablaba de lo mucho que ella había ayudado a los niños cuando servía en la Primaria.  No recibí ni siquiera una mirada de reconocimiento, ni mucho menos una palabra.  Otras dos ancianas me miraban asombradas.  Por fin me dijeron: “¿Para qué le habla?  Ella no reconoce a nadie, ni siquiera a la familia.  No ha dicho una palabra en todos los años que ha estado aquí”.

Terminó el almuerzo y mi monólogo  también llegó a su fin.  Me puse de pie para marcharme.  Tomé su débil mano entre las mías, y las palabras del Maestro adquirieron un significado personal que yo nunca había percibido:

“Mujer, he ahí tu hijo”.  Y a su discípulo, dijo: “He ahí tu madre”.

Thomas S. Monson, “El portal del amor”, Liahona, enero de 1988, págs. 64–67.

 

Reverencia en el hogar

“La primera y principal oportunidad de enseñar en la Iglesia yace en el hogar”, dijo el presidente David O. McKay. “El verdadero hogar mormón es aquel en el que, si Cristo entrara, se sentiría complacido de quedarse y descansar”.

¿Qué estamos haciendo para lograr que nuestros hogares se acomoden a esa descripción?  No basta que únicamente los padres tengan un testimonio firme, puesto que los hijos no podrán depender para siempre de la convicción de los padres.

El amor por el Salvador, la reverencia por Su nombre y el sincero respeto de unos por otros constituirán el fértil suelo para que crezca un testimonio.

El aprender del Evangelio, dar testimonio y guiar a una familia, no son tareas fáciles.  La jornada de la vida se caracteriza por los obstáculos que encontramos en el camino y la turbulencia de nuestros tiempos.

Thomas S. Monson, “Distintivos de un hogar feliz”, Liahona, octubre de 2001, pág. 3.

 

Reverencia a través del servicio a Dios

Demostramos nuestro amor mediante la forma en que servimos a nuestro Dios.  Recuerden cuando el profeta José Smith fue a ver a John E. Page y le dijo: “Hermano Page, ha sido llamado para cumplir una misión en Canadá”.

El hermano Page, buscando desesperadamente una excusa, le respondió: “Hermano José, no puedo ir a Canadá; no tengo un abrigo que ponerme”.

El Profeta se quitó su propio abrigo y se lo dio a John Page diciéndole: “Use éste y el Señor le bendecirá”.

John Page fue a Canadá a cumplir su misión.  En dos años recorrió una distancia de unos ocho mil kilómetros y bautizó a seiscientos conversos.  El éxito que tuvo se debió a que aprovechó la oportunidad que se le presentó de servir a Dios.

Thomas S. Monson, “Cómo podemos demostrar amor”, Liahona, febrero de 1998, pág. 3.

 

Reverencia a través del testimonio de Jesucristo

Asombro me da el amor que me da Jesús, el amor que da a todos.   Pienso en el amor que demostró en Getsemaní; pienso en el amor que demostró en el desierto; pienso en el amor que demostró en la tumba de Lázaro; en el amor que demostró en el calvario del Gólgota; en el sepulcro abierto, y también en el momento en que apareció en aquella arboleda sagrada con Su Padre y habló aquellas inolvidables palabras a José Smith.  Doy gracias a Dios por Su amor al entregar en sacrificio a Su Hijo Unigénito en la carne, Jesucristo, por todos nosotros.  Doy gracias al Señor por el amor que demostró al ofrecer Su vida, a fin de que pudiésemos tener vida eterna.

Jesús es más que un maestro, es el Salvador del mundo; él es el Redentor de la humanidad; es el Hijo de Dios.  Él nos mostró el camino.  Recordemos que Jesús llenó Su mente con la verdad, Jesús llenó Su vida con el servicio, Jesús llenó de amor Su corazón.  Si seguimos ese ejemplo, jamás escucharemos esas palabras de censura que provienen de las parábolas.  Nunca nos encontraremos con que nuestra lámpara está vacía; nunca seremos considerados siervos inútiles; y nunca se nos dirá que no hemos sido fructíferos en el Reino de Dios.  En cambio, si seguimos con esmero las partes de esta fórmula y literalmente llenamos nuestra mente con la verdad, llenamos nuestra vida con el servicio al prójimo y llenamos de amor nuestro corazón, quizás algún día seamos dignos de oír las palabras de nuestros Salvador: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré: entra en el gozo de tu señor” (Mateo 25:21).

Thomas S. Monson, “La fórmula del éxito” Liahona, agosto de 1995, pág. 3.