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	<title>Thomas S. Monson &#187; Historias</title>
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	<description>Presidente de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días</description>
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		<title>Thomas S. Monson narra historias de los soldados</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Sep 2010 18:15:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Delmy</dc:creator>
				<category><![CDATA[Actitud]]></category>
		<category><![CDATA[Guerra]]></category>
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		<description><![CDATA[Thomas S. Monson disfruta compartiendo historias de su propia vida y de las vidas de las personas valientes en todo el mundo.  Él a menudo cuenta historias de la guerra, que saca lo mejor y lo peor de las personas, y abre las puertas al valor increíble y al servicio.  A continuación, se presenta algunas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Thomas S. Monson disfruta compartiendo historias de su propia vida y de las vidas de las personas valientes en todo el mundo.  Él a menudo cuenta historias de la guerra, que saca lo mejor y lo peor de las personas, y abre las puertas al valor increíble y al servicio.  A continuación, se presenta algunas historias que él ha compartido cuando ha pronunciado discursos alrededor del mundo:</p>
<p><strong>Batallón perdido</strong></p>
<p>Recordé entonces que había leído la historia del “batallón perdido”, una unidad de la Septuagésima Séptima División de Infantería de la Primera Guerra Mundial.  Durante una parte de la guerra, el batallón entero se vio rodeado por el enemigo; los alimentos y el agua habían empezado a escasear y no se podía evacuar a las víctimas.  El tenaz batallón había resistido repetidos ataques, haciendo caso omiso de las peticiones del enemigo de que se rindieran.  Después de ese desesperado período de aislamiento total, otras unidades de la misma división avanzaron y ayudaron al &#8220;batallón perdido&#8221;.</p>
<p> <span id="more-137"></span></p>
<p>Los reporteros indicaban que las fuerzas de relevo parecían estar resueltas a rescatar a sus camaradas, motivados por una cruzada de amor.  Los guerreros estaban más prestos a ayudar voluntariamente, más dispuestos a luchar con denodado heroísmo y a morir con mayor valentía.</p>
<p>En mi mente resaltó un fragmento del inmortal sermón pronunciado en el Monte de los Olivos: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13.)</p>
<p>Hoy ya casi han quedado en el olvido la historia del “batallón perdido” y el terrible precio que se pagó por su rescate, pero es mucho lo que podemos aprender de ello.  ¿Existen batallones perdidos en la actualidad – gente que se siente aislada de su prójimo? Si es así, ¿qué responsabilidad tenemos de rescatarlos?</p>
<p>Existen los “batallones perdidos” de aquellos que tienen impedimentos físicos, de los ancianos, las viudas y los enfermos.  Muy a menudo estas personas se encuentran en los desolados y abrasadores desiertos de la soledad.  Cuando se desvanece la juventud, la salud se menoscaba; cuando disminuye el vigor y se va apagando la luz de la esperanza, los miembros de estos enormes “batallones perdidos” pueden recibir el apoyo y socorro de una mano amiga, de ese alguien que se preocupa por su prójimo.</p>
<p>Thomas S. Monson, “Batallones perdidos”, <em>Liahona</em>, setiembre de 1987, pág. 3</p>
<p><strong>Misericordia en la batalla</strong></p>
<p>La crueldad de la Guerra crea odio e indiferencia hacia la vida humana, y siempre ha sido así.  No obstante, en medio de esa degradación, a veces brilla la luz inextinguible de la misericordia.</p>
<p>En los documentales de televisión, que mostraron en conmemoración del quincuagésimo aniversario de la invasión de Normandía durante la Segunda Guerra Mundial, se ilustró gráficamente la terrible pérdida de vidas que tuvo lugar y se contaron algunas historias conmovedoras de los soldados.  Recuerdo en particular los comentarios de un soldado de infantería estadounidense, quien contó que, después de un día de feroz batalla, al mirar hacia arriba desde la trinchera en que se hallaba, vio a un soldado enemigo que le apuntaba con el arma directamente al corazón.  El soldado estadounidense dijo “Pensé que pronto cruzaría ese puente de la muerte que lleva a la eternidad.  Pero increíblemente, mi enemigo me dijo en inglés chapurreado: Soldado, ¡la guerra ha terminado para ti! Luego de lo cual me tomó prisionero, salvándome así la vida.  Jamás voy a olvidar esa canción misericordiosa.</p>
<p>En un conflicto bélico de otra época, la Guerra Civil de los Estados Unidos, otro relato documentado en la historia ilustra el valor unido a la misericordia.</p>
<p>Del 11 al 13 de diciembre de 1862, las fuerzas de la Unión atacaron Marye’s Heights, un gran cerro que se elevaba sobre el pueblo de Fredericksburg, Virginia, donde seis mil sureños les esperaban.  Las tropas de éstos estaban en una posición de defensa segura, detrás de un muro de piedra que rodeaba la base del cerro; además, se hallaban formadas en cuatro hileras de hombres, una de detrás de la otra, en un camino hundido que había detrás del muro, ocultos del ejército de la Unión.</p>
<p>Los soldados de la Unión, que sumaban más de cuarenta mil, llevaron a cabo una serie de ataques suicidas a campo abierto, y fueron barridos por pesadas descargas de artillería; ninguno pudo acercarse a más de cuarenta metros de distancia de la muralla de piedra.</p>
<p>En poco tiempo, el terreno estaba cubierto de cientos, y después de miles, de soldados de la Unión, con sus uniformes azules, y antes de ponerse el sol, habían caído más de doce mil.  Los heridos yacieron allí toda aquella helada y terrible noche, gimiendo y pidiendo socorro.</p>
<h2>Al día siguiente, un domingo, amaneció frío y con niebla.  Los quejidos de dolor de los heridos todavía se escuchaban al levantarse la niebla matinal.  Al fin un joven soldado, confederado de diecinueve años, cuyo nombre era Richard Rowland Kirkland y que tenía el grado de sargento, ya no pudo soportar más, y se acercó al comandante y le dijo: “¡Toda la noche y todo el día he oído a esos infortunados hombres suplicando que les den agua! ¡Es demasiado, ya no puedo resistir más!  Le pido permiso para ir a darles de beber”.  Al principio, se le negó la solicitud por el peligro que podía correr, pero por fin se lo permitieron.  Poco después, miles de hombres asombrados, de ambos ejércitos, vieron al joven soldado, llevando colgadas al cuello varias cantimploras, trepar el cerco y aproximarse al herido de la Unión que estaba más cerca: le levantó la cabeza suavemente, le dio de beber y luego lo cubrió con su propia chaqueta; después, se acercó a otro; y a otro, y a otro más.  Al darse cuenta los heridos de lo que Kirkland estaba haciendo, por todo el campo empezaron a elevarse los gemidos de “¡Agua, agua! ¡Por amor de Dios, deme agua!</h2>
<p>Al principio, los soldados de la Unión quedaron tan sorprendidos que no atinaron a disparar; pero, al darse cuenta de lo que pasaba comenzaron a darle voces de aliento, el sargento Kirkland continuó su labor misericordiosa.</p>
<p>Trágicamente, Richard Kirkland perdió la vida unos meses más tarde, en la batalla de Chicamauga.  Sus últimas palabras a sus compañeros fueron: “¡Sálvense ustedes! Y díganle a mi padre que he muerto con rectitud”</p>
<p>La compasión cristiana que él demostró ha hecho que su nombre sea un sinónimo de misericordia entre las generaciones posteriores a la Guerra Civil, tanto en las del Sur como en las del Norte.  Los soldados de ambos bandos lo conocían como “el ángel de Marye’s Heights”.  Su abnegado acto de misericordia se ha conmemorado con un monumento de bronce que se erige enfrente del cerco de piedra, en Fredericksburg, en el que aparece el sargento Kirkland levantándole la cabeza a un soldado de la Unión para darle a beber agua fresca.  En la Iglesia Episcopal de Gettysburg, estado de Pennsylvania, hay una placa en su honor en la que se ha captad, con sencilla elocuencia, la misión de misericordia del joven soldado.  Dice en la placa: “Héroe de benevolencia que, a riesgo de su propia vida, dio de beber al enemigo en Fredericksburg</p>
<p>Thomas S. Monson, “Misericorida, un don divino”, <em>Liahona</em>, Julio de 1995, pág. 60</p>
<p><strong>Vietnam</strong></p>
<p>En la década de los años 60, durante la guerra de Vietnam, un miembro de la Iglesia, Jay Hess, que era aviador, fue derribado en el norte de Vietnam.  Durante dos años su familia no tenía idea si estaba vivo o muerto.  Los que le capturaron en Hanoi finalmente le permitieron escribir a casa, pero debía limitar su mensaje a 25 palabras. ¿Qué diríamos ustedes y yo a nuestra familia si estuviésemos en la misma situación— si no la hubiésemos visto durante más de dos años y sin saber si la veríamos otra vez?  Con el deseo de mandar algo que su familia reconociera que provenía de él y también con el deseo de darles consejo valioso, el hermano Hess escribió lo siguiente: “Estas cosas son importantes: el matrimonio en el templo, la misión, la universidad.  Sigan adelante, establezcan metas, escriban historia, tomen fotos dos veces al año”.</p>
<p>Saboreemos la vida al vivirla, encontremos gozo en el trayecto y compartamos nuestro amor con amigos y familiares.  Algún día, cada uno de nosotros se quedará sin mañanas.</p>
<p>Thomas S. Monson, “<a href="http://www.lds.org/churchmagazines/LI_2008_11___02291_002_000.pdf">Encontrar gozo en el trayecto</a>”, <em>Liahona</em>, noviembre de 2008, págs. 84–87</p>
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		<title>Thomas S. Monson habla acerca de José Smith</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Jul 2010 18:56:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Delmy</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historias]]></category>
		<category><![CDATA[Mormonismo en el mundo]]></category>
		<category><![CDATA[profeta]]></category>

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		<description><![CDATA[Thomas S. Monson es el actual profeta de los mormones y le encanta compartir historias y enseñanzas del primer profeta de los mormones, José Smith.  El tan esperado día de la restauración efectivamente sucedió.  Pero, examinemos ese importante acontecimiento en la historia del mundo, recordando el testimonio del joven que se convirtió en un profeta, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Thomas S. Monson es el actual profeta de <a class="internal_link_tool_los mormones" href="http://www.mormon.org/welcome/0,6929,403-3,00.html">los mormones</a> y le encanta compartir historias y enseñanzas del primer profeta de los <a class="internal_link_tool_mormones" href="http://www.lds.org.ar/">mormones</a>, <a class="internal_link_tool_joseph smith" href="http://www.historiamormona.com">José Smith</a>.  El tan esperado día de la restauración efectivamente sucedió.  Pero, examinemos ese importante acontecimiento en la historia del mundo, recordando el testimonio del joven que se convirtió en un profeta, el testigo que estaba allí, José Smith.</p>
<p>Al describir su experiencia, José dijo: “…un día estaba leyendo la Epístola de Santiago, primer capítulo y quinto versículo,  que dice: <em>Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada”</em><a href="http://scriptures.lds.org/es/js_h/1/25">17</a>. <span id="more-116"></span></p>
<p>“Finalmente llegué a la conclusión de que tendría que permanecer en tinieblas y confusión, o de lo contrario, hacer lo que Santiago aconsejaba, esto es, recurrir a Dios…</p>
<p>“…me retiré al bosque para hacer la prueba.  Fue por la mañana de un día hermoso y despejado, a principios de la primavera de 1820…</p>
<p>“…me arrodillé y empecé a elevar a Dios el deseo de mi corazón…</p>
<p>“…vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí…</p>
<p>“…Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción.  Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: <em>Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!</em>”<a href="http://scriptures.lds.org/es/js_h/1/25">18</a>.</p>
<p>El Padre y Su Hijo Jesucristo aparecieron a José Smith. La mañana de la dispensación del cumplimiento de los tiempos había llegado, disipando así las tinieblas de largos siglos de noche espiritual.</p>
<p>Se han escrito muchos libros acerca de la vida y de los logros de José Smith, pero quizás el hacer resaltar un par de puntos sobresalientes sea suficiente: Él recibió la visita del ángel Moroni.  De las planchas preciosas que se le entregaron, tradujo el Libro de <a class="internal_link_tool_mormón" href="http://www.bookofmormonresearch.org/spanish">Mormón</a>, con un nuevo testimonio de Cristo a todo el mundo.  Fue un instrumento en las manos del Señor, de quien recibió maravillosas revelaciones relacionadas con el establecimiento de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.  Durante su ministerio, lo visitaron Juan el Bautista, Moisés, Elías el profeta, Pedro, Santiago y Juan a fin de que se llevara a cabo la restauración de todas las cosas.  Soportó persecuciones y sufrió profundamente, como también sus seguidores.  Él confió en Dios y fue fiel a su llamamiento profético.  Dio comienzo a una obra misional maravillosa por todo el mundo, la cual hoy lleva la luz y la verdad a las almas del género humano.  Al final, José Smith murió mártir, como también su hermano Hyrum.</p>
<p>José Smith fue un verdadero pionero.</p>
<p>(Thomas S. Monson, “<a href="http://www.lds.org/churchmagazines/8-2006-Liahona002/Aug2006Liahona002.pdf">Guiados por pioneros espirituales</a>”, Liahona, agosto de 2006, pág. 3)</p>
<p>Ninguna descripción de modelos a seguir estaría completa sin incluir a José Smith, el primer Profeta de esta dispensación.  Con sólo catorce años, este valiente jovencito se internó en una arboleda, a la que más tarde se calificaría de sagrada, y recibió una respuesta a su oración sincera.</p>
<p>A continuación, José fue objeto de una encarnizada persecución al hacer saber a otras personas el relato de la gloriosa visión que había recibido en aquel bosque. No obstante, a pesar de que se le ridiculizó y menospreció, permaneció firme, y dijo: “…había visto una visión; yo lo sabía, y sabía que Dios lo sabía; y no podía negarlo, ni osaría hacerlo”<a href="http://scriptures.lds.org/es/js_h/1/25">17</a>.</p>
<p>Paso a paso, enfrentando la oposición casi constantemente pero siempre guiado por la mano del Señor, José organizó La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.  En todo lo que hizo demostró su valor.</p>
<p>Hacia el final de su vida, cuando los conducían a él y a su hermano Hyrum a la cárcel de Carthage, enfrentó con valor lo que, sin duda, sabía que le esperaba, y selló su testimonio con su sangre. </p>
<p>Al hacer frente a las pruebas de la vida, ojalá que siempre emulemos el valor que demostró el profeta José Smith.</p>
<p>(Thomas S. Monson, “<a href="http://www.lds.org/churchmagazines/LI_2007_10_00___00790_002_000.pdf">Nos marcaron el camino a seguir</a>”, Liahona, octubre de 2007, págs. 3-7)</p>
<p>El profeta José Smith se enfrentó con tentaciones.  ¿Se imaginan el ridículo, el desprecio, la burla de que debe de haber sido blanco cuando declaró haber visto una visión?  Supongo que tiene que haber sido casi insoportable para el muchacho.  Él sabía sin duda que sería mucho más fácil retractarse de lo que había dicho en cuanto a la visión y seguir con su vida normal.  Sin embargo, no se dio por vencido y de este modo se expresó en cuanto al asunto: “Yo efectivamente había visto una luz, y en medio de la luz vi a dos Personajes, los cuales en realidad me hablaron; y aunque se me odiaba y perseguía por decir que había visto una visión, no obstante, era cierto…había visto una visión; yo lo sabía, y sabía que Dios lo sabía; y no podía negarlo”.  José Smith enseñó el valor por medio de su ejemplo, se enfrentó con la tentación y la rechazó.</p>
<p>Thomas S. Monson, “<a href="http://www.lds.org/churchmagazines/5-2005-Liahona002/May2005Liahona002.pdf">Sean un ejemplo</a>”, Liahona, mayo de 2005, pág. 112</p>
<p>El llamado del deber llegó a John E. Page cuando el profeta José Smith lo llamó para que cumpliera una misión.  John E. Page &#8216;murmuró&#8221; y respondió: &#8220;Hermano José, no puedo ir a la misión a Canadá; ni siquiera tengo abrigo&#8221;.</p>
<p>El profeta José Smith se quitó su propio abrigo, lo entregó al hermano Page, y le dijo: &#8220;Llévate este y el Señor te bendecirá.&#8221; John E. Page cumplió una misión en Canadá. y durante un periodo de dos años caminó 8.000 kilómetros y bautizó a 600 personas (véase Andrew Jenson, “John E. Page”, <em>The Historical Record</em>, 5:57)</p>
<p>Thomas S. Monson, “El llamado del deber”, Liahona, julio de 1986, pág. 37</p>
<p>Cuando José tenía unos seis o siete años de edad, él y sus hermanos y hermanas contrajeron la fiebre tifoidea.  Al paso que los otros se recuperaron sin dificultades, José quedó con una dolorosa herida en la pierna.  Los médicos, valiéndose de la mejor medicina con que contaban, le pusieron en tratamiento, pero la herida no sanó, y dijeron que, para salvar la vida del niño, tendrían que amputarle la pierna.  Felizmente, poco después, los médicos volvieron a casa de los Smith para hacerles saber que había un nuevo procedimiento que podría salvarle la pierna a José.  Puesto que deseaban operarlo de inmediato, habían llevado un trozo de cuerda para amarrar a José a la cama a fin de que no se moviera, debido a que no tenían nada con qué aplacarle el dolor.  Pero el pequeño José, les dijo: “No tienen que amarrarme”.</p>
<p>Los médicos sugirieron que tomara algo de licor o de vino para que el dolor no le resultara tan intenso. “No”, replicó el pequeño José, “si mi padre se sienta en la cama y me sostiene entre sus brazos, yo haré lo que sea necesario”.  Joseph Smith, Sr., sostuvo en sus brazos a su pequeño de seis años, y los médicos le extrajeron el trozo de hueso infectado. Aunque José quedó cojo durante algún tiempo, por fin sanó.  Tanto a esa temprana edad como en incontables otras ocasiones a lo largo de su vida, José Smith nos enseñó una lección de valor mediante el ejemplo.</p>
<p>Thomas S. Monson, “<a href="http://www.lds.org/churchmagazines/11-2005-Liahona002/Nov2005Liahona002.pdf">El Profeta José Smith: Maestro mediante el ejemplo</a>”, Liahona, noviembre de 2005, pág. 67</p>
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		<title>Thomas S. Monson cuenta historias de inspiración</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Jul 2010 18:53:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Delmy</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Los mormones enseñan que cada persona tiene derecho a la revelación personal y a recibir respuestas a sus oraciones.  En las siguientes historias, el Presidente Monson, quien es el presidente y el profeta de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (a veces conocida como los mormones), comparte relatos sobre sus [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://es.mormonwiki.com/Creencias_del_Mormonismo" class="internal_link_tool_los mormones">Los mormones</a> enseñan que cada persona tiene derecho a la revelación personal y a recibir respuestas a sus oraciones.  En las siguientes historias, el Presidente Monson, quien es el presidente y el profeta de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (a veces conocida como los <a href="http://mormonescreen.org/" class="internal_link_tool_mormones">mormones</a>), comparte relatos sobre sus experiencias con la inspiración.</p>
<p>Durante el discurso que pronuncié en la conferencia general de octubre de 1975, me sentí inspirado a dirigir mis palabras a una niñita de cabello largo y rubio que se hallaba sentada en la galería de este edificio.  Dirigí la atención del público a ella y sentí una libertad de expresión que me testificó que aquella pequeña niña necesitaba el mensaje que yo había preparado con respecto a la fe de otra joven.</p>
<p><span id="more-114"></span></p>
<p>Al terminar la sesión, regresé a mi oficina y encontré a una niña de nombre Misti White esperándome, junto con sus abuelos y una tía.  Al saludarlos, reconocí a Misti, era la niña de la galería a la que había dirigido mis palabras.  Supe entonces que se acercaba su octavo cumpleaños y que tenía dudas en cuanto a si debía o no bautizarse.  Ella sentía que quería hacerlo, y también lo deseaban sus abuelos, con quienes vivía, pero la madre, que era menos activa, le sugirió que esperara hasta tener dieciocho años para tomar la decisión.  Misti les había dicho a sus abuelos: “Si vamos a la conferencia en Salt Lake City, tal vez el Padre Celestial me haga saber lo que debo hacer”.</p>
<p>Misti, sus abuelos y la tía, habían viajado de California a Salt Lake City Para la conferencia y pudieron conseguir asientos en el Tabernáculo para la sesión del sábado por la tarde, donde se hallaban sentados cuando Misti cautivó mi atención y decidí dirigirle a ella mis palabras.</p>
<p>Mientras conversábamos, después de la sesión, su abuela me dijo: “Creo que a Misti le gustaría decirle algo”.  La dulce niñita me dijo: “Hermano Monson, cuando usted habló en la conferencia, contestó mi pregunta; ¡y quiero bautizarme!”</p>
<p>La familia regresó a California y Misti se bautizó y la confirmaron miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.  Desde entonces y a través de los años, se ha mantenido leal y fiel al evangelio de Jesucristo.  Hace catorce años, tuve el privilegio de efectuar su casamiento en el templo a un joven excelente, y juntos están criando cinco niños hermosos, con otro en camino.</p>
<p>Thomas S. Monson, “<a href="http://www.lds.org/churchmagazines/LI_2007_05_00785_002_000.pdf">Recuerdos del Tabernáculo</a>”, Liahona, mayo de 2007, págs. 41-42</p>
<p>En abril del año 2000, recibí ese tipo de ayuda.  Había recibido una llamada telefónica de Rosa Salas Gifford, a quien no conocía.  Me explicó que sus padres habían venido de visita de Costa Rica por unos meses, y que justo una semana antes de que ella me llamara, a su padre, Bernardo Augusto Salas, le habían diagnosticado cáncer del hígado.  Me indicó que los doctores le habían informado a la familia que el padre sólo iba a vivir unos días más.  El gran deseo de su padre, me explicó, era conocerme antes de morir.  Me dio su dirección y me preguntó si yo podría ir a su casa, en Salt Lake City, para conversar con su padre.</p>
<p>Debido a las reuniones y a las obligaciones, era bastante tarde cuando salí de la oficina, pero en vez de ir directamente a casa, tuve la impresión que debía seguir hacia el sur y visitar al hermano Salas esa misma tarde.  Con la dirección en la mano, traté de encontrar la casa.  Con bastante tráfico y con poca luz, me pasé del lugar donde debía estar la calle que conducía a la casa.  No podía ver nada.  Sin embargo, no me di por vencido.  Di la vuelta alrededor de la cuadra y volví, pero seguí sin encontrarla.  Traté una vez más y tampoco la encontré.  Comencé a sentir que estaría justificado si me volvía a casa.  Había hecho un noble esfuerzo, pero no había encontrado la dirección.  Pero, en vez de eso, ofrecí una oración en silencio para pedir ayuda.  Me sentí inspirado a acercarme al lugar desde la dirección opuesta.  Recorrí cierta distancia y di la vuelta de modo que ahora estaba del otro lado de la calle.  En esa dirección había menos tránsito.  Al acercarme al lugar otra vez, pude ver a través de la tenue luz, un cartel que se había caído y ahora estaba tirado al borde de la calle, y un camino casi invisible lleno de hierbas que conducía a un pequeño edificio de apartamentos y a una pequeña casa solitaria, a cierta distancia de la calle principal.  Al dirigirme hacia los apartamentos, una niña pequeña, vestida de blanco, me hizo señas con la mano y supe que había encontrado a la familia.</p>
<p>Me hicieron pasar a la casa, y luego me condujeron al cuarto donde estaba acostado el hermano Salas. Alrededor de la cama se encontraban tres hijas, el yerno y la hermana Salas. Todos menos el yerno eran de Costa Rica. Por la apariencia del hermano Salas se notaba la gravedad de su estado. Tenía un paño húmedo deshilachado sobre la frente —no una toalla ni una toallita de mano, sino un trapo deshilachado— lo cual ponía de relieve la humilde situación económica de la familia.</p>
<p>Con un leve movimiento, el hermano Salas abrió los ojos y una tenue sonrisa se perfiló en sus labios cuando le tomé la mano.  Le dije: “He venido a conocerlo”; y sus ojos y los míos se llenaron de lágrimas.</p>
<p>Pregunté si deseaban que le diera una bendición y la respuesta unánime de la familia fue afirmativa.  A causa de que el yerno no poseía el sacerdocio, procedí yo solo a darle una bendición del sacerdocio.  Las palabras parecían fluir libremente bajo la dirección del Espíritu del Señor.  Incluí las palabras del Señor que se encuentran en la sección 84 de Doctrina y Convenios, versículo 88: “Iré delante de vuestra faz.  Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros”.  Después de la bendición, expresé unas palabras de consuelo a los acongojados miembros de la familia.  Hablé con cuidado para que pudieran entender mi inglés, y después, con mi limitado español, les hice saber que los amaba y que nuestro Padre Celestial los bendeciría.</p>
<p>Les pedí la Biblia de la familia y les señalé 3 Juan, versículo 4: “No tengo yo mayor gozo que éste, el oír que mis hijos andan en la verdad”.  Les dije: “Esto es lo que su esposo y su padre desea que recuerden ahora que se prepara para dejar esta existencia terrenal”.</p>
<p>Con el rostro surcado por las lágrimas, la dulce esposa del hermano Salas me pidió que escribiera la referencia de los dos pasajes de las Escrituras que había compartido con ellos para que la familia pudiera volver a leerlos.  Como no tenía nada a mano donde escribirlas, la hermana Salas buscó en su bolso y sacó un pedacito de papel.  Al tomarlo, noté que era un recibo de diezmos.  Mi corazón se conmovió cuando me di cuenta de que, a pesar de las condiciones tan humildes en las que vivían, eran fieles en el pago del diezmo.</p>
<p>Después de una tierna despedida, me acompañaron hasta el auto. Al manejar hacia casa, reflexioné sobre el espíritu especial que había sentido. También sentí, como muchas otras veces, un sentido de gratitud porque mi Padre Celestial había respondido a las oraciones de otra persona por medio de mí.</p>
<p>Thomas S. Monson, “<a href="http://www.lds.org/churchmagazines/LI_2007_05_00785_002_000.pdf">El Sacerdocio: Un don sagrado</a>”, Liahona, mayo de 2007, págs. 57-60.</p>
<p>Un domingo por la tarde recibí una llamada telefónica del propietario de una farmacia que estaba dentro de los límites del barrio; me indicó que esa mañana, un niño había entrado en la tienda y había comprado un helado.  Había pagado con dinero que había sacado de un sobre y que, al salir, había olvidado el sobre.  Cuando el propietario pudo examinarlo, descubrió que era un sobre  de ofrendas de ayuno, con el nombre y el número de teléfono de nuestro barrio.  Cuando me describió al niño que había entrado a la tienda, de inmediato supe quién era; era un diácono de nuestro barrio que provenía de una familia menos activa.</p>
<p>Mi primera reacción fue una de asombro y de desilusión al pensar que uno de nuestros diáconos tomara fondos de las ofrendas de ayuno destinados para los necesitados, y se fuera a la tienda en domingo a comprar una golosina con ese dinero.  Decidí que esa tarde visitaría a ese niño para enseñarle en cuanto a los fondos sagrados de la Iglesia y su deber como diácono de recabar y proteger esos fondos.</p>
<p>Mientras me dirigía a ese domicilio, hice una oración en silencio para suplicar orientación en lo que debía decir para arreglar la situación.  Llegué y toqué a la puerta; la abrió la madre del niño, y me invitaron a pasar a la sala.  A pesar de que la luz de la habitación era muy tenue, pude darme cuenta de que era un lugar muy pequeño y escuálido.  Los pocos muebles estaban desgastados y la madre tenía una apariencia de cansancio.</p>
<p>La indignación que sentía por las acciones de su hijo aquella mañana se desvaneció al darme cuenta de que era una familia muy necesitada.  Sentí la impresión de preguntarle a la madre si había alimentos en la casa; con lágrimas contestó y dijo que no tenía nada.  Me dijo que desde hacía tiempo su esposo había estado sin trabajo y que necesitaban desesperadamente no sólo comida, sino dinero para pagar el alquiler a fin de que no los desalojaran de la pequeña casita.</p>
<p>No me atreví a mencionar de los donativos de las ofrendas de ayuno, ya que me di cuenta de que lo más probable era que el niño habría tenido mucha hambre cuando se detuvo en la tienda.  Más bien, inmediatamente hice los arreglos para dar ayuda a la familia, a fin de que tuviesen qué comer y un techo sobre su cabeza.  Además, con la ayuda de los líderes del sacerdocio del barrio, pudimos conseguirle empleo al marido para que pudiese proveer de lo necesario para la familia.</p>
<p>Thomas S. Monson, “<a href="http://www.lds.org/churchmagazines/6-2006-Liahona002/Jun2006Liahona002.pdf">Hogares celestiales, familias eternas</a>”, Liahona, junio de 2006, págs. 98-103</p>
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		<title>Thomas S. Monson sobre la oración</title>
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		<pubDate>Sat, 11 Apr 2009 21:10:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Delmy</dc:creator>
				<category><![CDATA[Discursos]]></category>
		<category><![CDATA[Familia de Thomas S. Monson]]></category>
		<category><![CDATA[Historias]]></category>

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		<description><![CDATA[Thomas S. Monson es el profeta actual de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. El ha hablado mucho durante su tiempo de liderazgo en la iglesia acerca de la oración. A continuación tenemos algunos de sus conceptos que demuestran las enseñanzas de la oración mormona: Cuando oremos, comuniquémonos de verdad [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://es.thomasmonson.com/biografia">Thomas S. Monson</a> es el <a href="http://profetasmodernos.com/43/%C2%BFhay-un-profeta-en-el-mundo-hoy">profeta</a> actual de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. El ha hablado mucho durante su tiempo de liderazgo en la iglesia acerca de la oración. A continuación tenemos algunos de sus conceptos que demuestran las enseñanzas de la oración <a href="http://es.mormonwiki.com/Qui%C3%A9n_es_Morm%C3%B3n">mormona</a>:</p>
<p>Cuando oremos, comuniquémonos de verdad con nuestro Padre Celestial. Es fácil que nuestras oraciones se vuelvan repetitivas y que pronunciemos palabras sin pensar casi en lo que decimos. Si recordamos que cada uno de nosotros es literalmente un hijo o una hija espiritual de Dios, no hallaremos dificultad alguna para acercarnos a Él en oración. Él nos conoce, Él nos ama y desea lo mejor para nosotros. Oremos con sinceridad y con sentido, oremos con acción de gracias y pidamos lo que necesitemos. Escuchemos la respuesta de nuestro Padre, a fin de reconocerla cuando se manifieste. Si lo hacemos así, seremos fortalecidos y bendecidos. Llegaremos a conocerle a Él y lo que Él desea para nuestra vida. Si le conocemos, si confiamos en Su voluntad, el cimiento de nuestra fe se fortificará. Si alguno de nosotros ha sido lento en escuchar y obedecer el consejo de orar siempre, no hay momento mejor para comenzar a hacerlo que ahora mismo. William Cowper indicó: “Satanás tiembla cuando ve de rodillas al más débil de los santos” (en William Neil, Concise Dictionary of Religious Quotations, 1974, pág. 144). </p>
<p><span id="more-44"></span></p>
<p> Thomas S. Monson, “Qué Firmes Cimientos,” Liahona, Nov. 2006, 62, 67-68</p>
<p>¿Se unirán a mí mientras vemos a una típica familia Santo de los Últimos Días ofreciendo sus oraciones al Señor? Padre, madre y cada uno de los hijos arrodillados, inclinando sus cabezas y cerrando sus ojos. Un dulce espíritu de amor, unidad y amor llena el hogar. Cuando el padre escucha al hijo pequeño orar a Dios pidiendo que su papi haga las cosas correctas y sea obediente a los ofrecimientos del Señor, ¿Piensan acaso que a aquel padre se le va hacer difícil honrar la oración de su precioso hijo? Cuando una hija adolescente escucha a su dulce madre suplicar ante Dios que su hija sea inspirada al escoger a su compañero, que se prepare a sí misma para un matrimonio en el templo,  ¿No creen que esta hija buscará honrar esta humilde, solicitud suplicante de su madre a quien ella ama tanto? Cuando el padre, la madre y cada uno de los hijos seriamente oran para que los buenos hijos de la familia vivan dignamente, que en su debido tiempo reciban un llamamiento para servir como embajadores del Señor en los campos misionales de la Iglesia, ¿No vemos acaso cómo tales hijos crecen hacia una varonil juventud con un deseo inquebrantable de servir como misioneros?</p>
<p> Thomas S. Monson, “Hogares celestiales, familias eternas”, Ensign-revista en inglés, Oct 1991, 2.</p>
<p>Bien podría la generación más joven preguntar: “Pero, ¿Qué hay de hoy? ¿Él todavía escucha? ¿Continúa Él respondiendo?” A lo que rápidamente respondo: “No existe fecha de expiración para el mandamiento del Señor de orar. Mientras Lo recordemos, El nos recordará.”</p>
<p>En la mayoría de los casos no existen señales extraordinarias que nos indiquen que la oración ha sido contestada. Sus milagros con frecuencia se realizan de una manera natural y silenciosa.</p>
<p>Hace algunos años cuando asistí a la conferencia de la Gran Unión de la Estaca Colorado, el presidente de estaca preguntó si me podría reunir con una madre y un padre apenados por el anuncio de su hijo de haber decidido abandonar el campo misional después de apenas haber llegado allí. Cuando los asistentes a la conferencia se habían marchado, nos arrodillamos silenciosamente en un lugar privado: madre, padre, presidente de estaca, y yo. Mientras oraba en beneficio de todos, podía oír el sollozo contenido de una apenada madre y de un desilusionado padre.</p>
<p>Cuando nos levantamos, el padre dijo: “Hermano Monson, realmente, ¿cree usted que Nuestro Padre Celestial puede cambiar la anunciada decisión de nuestro hijo de retornar a casa antes de completar su misión? ¿Porqué es que ahora,  cuando yo estoy intentando fuertemente hacer lo correcto, mis oraciones no son escuchadas?”</p>
<p>Yo respondí: “¿Dónde está sirviendo su hijo? “</p>
<p>El respondió: “En Duesseldorf, Alemania.”</p>
<p>Coloqué mis brazos alrededor de esa madre y padre y les dije, “Sus oraciones han sido escuchadas y están siendo respondidas. Con más de veintiocho conferencias de estaca que se están realizando este día visitadas por Autoridades Generales, yo fui asignado a su estaca. De todos los Hermanos, yo soy el único que tiene la asignación de reunirme con los misioneros de la Misión Duesseldorf Alemania este mismo jueves.”</p>
<p>Su pedido había sido honrado por el Señor. Pude reunirme con su hijo. El respondió a sus súplicas. El permaneció y completó una misión altamente exitosa.</p>
<p>Thomas S. Monson, “La Oración de Fe”. Ensign-revista en inglés, Mayo 1978, 20.</p>
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		<title>Thomas Monson y la familia de Alemania</title>
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		<pubDate>Thu, 20 Nov 2008 18:26:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historias]]></category>
		<category><![CDATA[La vida de Thomas S. Monson]]></category>
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<p>20 de octubre, 2008 por Terrie</p>
<p>Thomas Monson a veces cuenta de un hombre que llegó a su casa cuando era obispo en 1951. Un obispo es como un pastor o ministro, salvo que no es remunerado y sirve por un número de años en su tiempo &#8220;libre&#8221;, mientras cría una familia y maneja una carrera. El hombre dijo que su hermano y su familia estaban llegando a Utah de Alemania. El hombre había sido un fuerte líder de la iglesia, incluso en los días difíciles del holocausto y la guerra, cuando a menudo era peligroso ser un mormón. Ellos vivirían dentro de los límites del barrio (congregación) de Thomas Monson. <a href="http://www.laiglesiamormona.com/" class="internal_link_tool_los mormones">Los mormones</a> asisten a la iglesia en  base a donde viven, de la misma manera que un niño asiste a la escuela asignada en base a la geografía.</p>
<p>Él le pidió al Obispo Monson que fuera con él a mirar el departamento que había sido alquilado para su hermano. El Obispo Monson estaba consternado por la vista que lo saludaba. La pintura se descascaraba de las paredes y el papel tapiz de las habitaciones estaba sucio. Los armarios estaban vacíos. Había un gran agujero en el suelo y la sala se iluminaba con un solo foco de cuarenta vatios. El hombre le aseguró al Obispo Monson que esto era mucho mejor que lo que tenían en Alemania, pero el Presidente Monson no se tranquilizó. La familia llegaría dos días antes de Navidad, y él pensó que se merecían un hogar mejor que ese.</p>
<p><span id="more-35"></span></p>
<p>Le fue difícil dormir esa noche y llegó a una reunión de la iglesia cansado y preocupado. Cuando alguien en la reunión le preguntó qué estaba mal, les contó acerca de la familia y el departamento. Las personas en la reunión hicieron lo que los mormones hacen mejor -se  fueron a trabajar en un plan. Los mormones aman las emergencias.</p>
<p>Uno de los miembros se organizó para que los hombres de la iglesia renovaran las instalaciones eléctricas del departamento y otro encontró nuevos electrodomésticos para reemplazar los que estaban malogrados. Otro obtuvo donaciones de alfombras y hombres para colocarlas. Un tercer hombre se ofreció a donar la pintura y hombres que podrían pintar el departamento. Las mujeres se ofrecieron a llenar los armarios. Casi todos en que la congregación se pusieron a trabajar en convertir un pequeño y sucio departamento en uno hermoso y acogedor. Cuando la familia llegó, fue llevada al departamento, donde los miembros del barrio estaban esperando.</p>
<p>Si el sucio y oscuro departamento era más de lo que habían tenido en Alemania, imagine cómo se sentían caminando en un brillante y  hermoso departamento lleno de buenas cosas para comer y hermosos alrededores. Ellos se abrumaron al darse cuenta de que todo esto les pertenecía.</p>
<p>Mientras los miembros de la iglesia salían, una adolescente le preguntó al Obispo Monson por qué ella se sentía mejor de lo que nunca antes se había sentido en ese momento. Él respondió con una escritura de la Biblia:</p>
<p>&#8220;Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis&#8221;. (Mateo 25:40)</p>
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