christus-jesus-christ-mormonNadie pasa por la vida sin un buen número de dificultades.  A pesar de que a todos nos encantaría tener una vida sin problemas, en realidad, es a través de los problemas que experimentamos nuestro mayor crecimiento y aprendemos lo que realmente somos.  Hacen que los buenos tiempos sean mejores, porque sabemos que no se nos promete buenos tiempos en todo momento.  Thomas S. Monson, presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (conocida informalmente como Iglesia Mormona), habla sobre los problemas y lo que nos pueden ofrecer

Para completar exitosamente el viaje de la vida:

Tercero, no debemos apartarnos del curso que nos hemos marcado.  En nuestro viaje encontraremos encrucijadas y caminos laterales; nos enfrentaremos a las inevitables pruebas de fe y tentaciones de nuestra época.  Pero no podemos darnos el lujo de tomar un desvío, porque algunos conducen a la destrucción del alma y a la muerte espiritual.  Evitemos, en cambio, las movedizas arenas morales que nos esperan a ambos lados, los remolinos del pecado y las traicioneras corrientes de las filosofías sin inspiración.  El astuto flautista llamado Lucifer todavía toca su rítmica melodía, que atrae al incauto para alejarlo de su seguro camino recto, del consejo de padres amorosos, de las protectoras enseñanzas de Dios.  Su música es muy antigua, sus palabras son muy dulces, la recompensa que ofrece, sempiterna; él no busca a la escoria de la humanidad, sino a los elegidos de Dios.  El famoso David lo escuchó, lo siguió y cayó; pero también había caído Caín antes que él, y Judas Iscariote siglos después.

Thomas S. Monson, “¿Qué camino seguiréis?”, Liahona, octubre de1991, pág. 2

 

Los llamados de Dios a menudo incluyen dificultades:

El llamado a servir ha sido siempre un rasgo distintivo de la obra del Señor.  Raras veces se presenta en el momento oportuno; da lugar a la humildad; induce a la oración; inspira dedicación.  El llamado llegó para ir a Kirtland y siguieron las revelaciones; el llamado llegó para ir a Misuri y prevaleció la persecución; el llamado llegó para ir a Nauvoo y los profetas murieron; el llamado llegó para ir a la cuenca del Gran Lago Salado y se vislumbraron tribulaciones.

Esa larga jornada, realizada bajo circunstancias sumamente difíciles, fue una prueba de fe; pero la fe que se forja en el horno de las tribulaciones y las lágrimas lleva la huella de la confianza y del testimonio. Sólo Dios puede calcular el sacrificio; sólo Dios puede medir los pesares; sólo Él puede conocer el corazón de los que le sirven, tanto en aquel entonces como ahora.

Thomas S. Monson, “Tu jornada eterna”, Conferencia General de abril de 2000.

 

Siempre podremos volver a Dios cuando tengamos problemas o cometamos errores:

Hay personas que tienen dificultad para perdonarse a sí mismas y se concentran en lo que consideran sus defectos.  Me gusta el relato de un líder religioso que, junto al lecho de muerte de una mujer, trataba en vano de consolarla.  “Estoy perdida”, decía ella.  “He arruinado mi vida y la vida de los que me rodeaban.  No tengo esperanza”.

El hombre advirtió que sobre el tocador estaba la foto de una joven hermosa. “¿Quién es?”, le preguntó.

El rostro de la mujer se iluminó: “Es mi hija; lo único hermoso de mi vida”.

“¿La ayudaría usted si ella tuviera dificultades o hubiera cometido un error?  ¿La perdonaría?  ¿La seguiría amando?”

“¡Claro está que sí!”, exclamó la mujer. “Haría cualquier cosa por ella.  ¿Por qué me lo pregunta?”

“Porque quiero que sepa”, le dijo el hombre, “que, hablando en sentido figurado, Dios tiene una fotografía de usted en Su tocador.  Él la ama y la ayudará.  Invoque Su nombre”.

Y así desapareció la cuña escondida que impedía la felicidad de aquella mujer.

En momentos de peligro o de prueba, ese conocimiento, esa esperanza y esa comprensión brindan consuelo a la mente alterada y al corazón dolorido.  Todo el mensaje del Nuevo Testamento infunde un espíritu de renacimiento al alma humana. Las sombras de la desesperación se disipan bajo los rayos de la esperanza, el dolor sucumbe ante el gozo y el sentimiento de encontrarse perdido entre la multitud de la vida se desvanece con el conocimiento certero de que nuestro Padre Celestial es consciente de cada uno de nosotros.

El Salvador confirma esa verdad al enseñar que ni un pajarillo cae a tierra sin que pase inadvertido para el Padre, y entonces termina ese hermoso pensamiento diciendo: “Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos”3.

Thomas S. Monson, “El peligro de las cuñas ocultas”, Liahona, julio de 2007, págs. 4–9

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